Non omnis moriar PDF Imprimir E-mail
Escrito por John Jairo Rodríguez   
Domingo, 04 de Septiembre de 2011 10:36

librolanzamiento[A propósito del Libro Tránsitos de un hijo al alba,

de Erik Arellana Bautista o Chico Bauti, que es lo mismo]

A Todos quienes han luchado por un país mejor

y han terminado asesinados

por apostarle a la hazaña heroica de defender la vida,

A Nydia Erika Bautista (q.e.p.d.),

Erik Arellana Bautista,

y sobre todo a Antonia.

“El olvido entierra rostros y voces,

pero la palabra logra traer de vuelta a los ausentes y a los silenciados”.

YESID CAMPOS ZORNOSA

Non omnis moriar, no me moriré del todo, dijo el poeta latino Horacio, sin pensarlo dos veces, y yo confirmo su inmortalidad, leyéndolo todavía, dejándome atravesar la vida por sus versos quemantes para que, también por mí, nunca se muera del todo.

Non omnis moriar, esa es la frase exacta, el verso tocante de lo todo cotidiano que nos usa habitándonos, muriéndonos. Y así también aquí, muchos siglos después, hallamos que la poesía todavía retumba en formas musicales, que no ha dejado de ser la banderita que se clava en donde la muerte hace años implantó su dictadura, en pleno siglo XXI, en plena noche, a pleno sol, en Colombia ahora a cada rato.

Entonces va de bruces la poesía, y con ella cae el poeta que la lleva pegada a las costillas, y los dos se van al suelo y en un parpadeo se levantan estampándose de pie en el mundo que les abre un campo y los celebra. Y como esta tarde aquí es el mundo, ustedes y yo servimos de testigos de esta hazaña celebrable.

Y por hoy no voy a meditar más ni a la balanza ni a la justicia misma, y me la juego completo, por fijarme en la fuerza despiadada y roja que la desaparece y no la restituye, y me niego a creerle a la justicia. Quiero decir que hoy más que nunca pongo nostálgicamente el ojo en esa estatua de cobre que la representa, en esa mujer viuda mil veces y vestida de dolor más que de vida que se avergüenza de ella misma en este país y a la que hace años veo amanecer llorando, anochecer llorando, lavarse los dientes llorando. Pero, ¿qué es un diente de la justicia para el siglo?, ¿en qué parte de la historia debemos poner su histeria, sus papeles quietos, su abandono que nos empolva la dignidad a cada día?

Hoy, en esta tarde sin reloj, llena de oídos, de corazón sin miedo atiendo al llamado del adentro que cada tanto permanece mudo, pero que cuando revienta estalla en cien palabras para decir únicamente sol, país o mujer poesía pariendo flores con llanto y esperanza. Y digo ahora mujer porque hay un hijo, y porque hijo y madre son la misma cosa en la extensión eterna y fervorosa de la sangre, grito de verso masculino y vientre en una sola partitura. Y digo país porque no hay otra forma de dormir a diario más que con el país encima, con el pesado dolor de los injustamente muertos de Colombia entre la soledad y la vigilia, entre la almohada que hace siglos huele a pólvora y a sangre.

Esta tarde he visto a un árbol llorar en verde a su pobre hoja caída y me costó no necesitar a las palabras, para cantar, para invitarme y poder cantar en contra de lo no, del asesino, de la muerte impuesta, decretada. Y me costó llegar al nombre y a la parte anatómica del cuerpo en donde se acumulan las experiencias tristes. Pero la palabra siempre nos impulsa en estas horas desplegadas, enfermas, llenas de políticos apolíticos, de insectos, de corbatas.

A este miércoles de estatura media, no le va bien cualquier traje. Tal vez porque no ha sido lo que se espera de un miércoles adúltero, porque las palomas deberían estar acá para llevar el mensaje del verso leído alzando el vuelo. Además, el 31 no es un número bellísimo. Por eso, entre todo lo de hoy, me quedo con vos, Erik, de todas formas, con tus sures y tus nortes siempre en pleno movimiento, con tus maneras de reafirmarlo todo al escribirlo.

A mí me pasó. Cuando te vi hace algunos años no pude zafarme más de aquel paisaje prodigioso que llevabas entre las manos, el corazón y la maleta y que por razones que apenas ahora entiendo se ha vuelto también parte de mi ruta. Al lado de vos, los días no sólo son mapas que guían, sino que vitalizan. Y este libro especialmente, me saca de la estática personal pasada de kilos, bulímica y enferma y me contagia de aullido, de voz que retumba más allá y más acá de la montañas, en el pavimento, en los adentros de las habitaciones, que rompe las ventanas de la ignominia y restituye la presencia de tu madre que hasta hace no muy poco fue la forma más elevada del pensar y que mataron, y que mataron porque tenían miedo, miedo a la verdad, a no aguantar el diálogo, el peso grande del diálogo agonístico que buscaba y busca ahora con vos construir y no acabar resignado a ver caer los cuerpos sin perdonarse no decir “no es permitido”.

Y si la poesía es, ante todo, pensamiento, aquí está el pensamiento. La reflexión, tan necesaria en estos tiempos y en estos pobres países masacrados, estalla en este libro en forma de versos alcanzando una “ruptura de ligamentos” con la memoria acomodaticia propia de los Estados en tan mal estado como el nuestro que a diario construye discursos que sólo favorecen la injusticia y que pontifican en los Medios de Comunicación que malamente han terminado por convertirse en sus aliados a héroes tan falsos como sus razones y sus corazones. En tus tránsitos de hijo al alba, revienta eso que a la mediocridad de la Academia de hoy no le interesa: el enfrentamiento cara a cara con la vida sin reparos, el sacar a relucir lo que somos y el cómo somos y ponerlo al descubierto para entendernos y reafirmarnos. En este libro, además, lo que se denuncia sumado a la muerte porque sí, a la arbitraria, son las formas con que el aparato militar colombiano perverso y sanguinario, desaparece, tortura y asesina a civiles avalado por políticas que, según los gobiernos, pretenden salvaguardar la vida y el bienestar de los ciudadanos.

Yo sé de lo podrido de pertenecer del todo al suelo en un suelo como este, lo enfermizo de confirmar asistencias a tantas tragedias en bloque, a tantos encuentros repetidos con la muerte. Yo sé que hombres oscuros y verdes siguen dando vueltas por ahí, amputándonos, metiéndonos el miedo entre la boca, pero no hay que dejar que nuestros sueños pierdan por nada del mundo la honestidad y la decencia. Yo sé de los discursos de alta alcurnia que promulgan falsa y perversamente que todo va a cambiar, que ya ha cambiado, que en esto están, pero también sé de la poesía que les pinta la cara a esos infames cuando habla de que son las espinas las que siguen sosteniendo los colores de las rosas, y de que los jardines siguen siendo todavía sólo sus rejas y su óxido.

Gonzalo Rojas diría:

Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida: la muchacha es herida, el olor a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos números de la danza es herida…

Y sí. Definitivamente es difícil tener que verlo todo como herida, pero hemos tenido que sobrevivir bajo esos términos. Y más que difícil es hiriente, apabullante, desconcertante, insultante, deprimente, claudicante, mendicante, disonante, en fin, contraproducente, pero justo por eso hoy, humanamente, lloro esta herida, me la pongo completa y la hago amarme, desgarradamente amarme hasta reducirme, hasta reproducirme. Creo que siempre será necesario reconocer la herida, y ponerla de pie cuando se duerme, y dejarla por un minuto ser sólo ella, y dedicarse a contemplarla, y siempre ampliarle el plazo de su estancia.

Quiero decirte, Erik, que este miércoles gracias a vos, no sólo existe en el periódico y en la línea de una factura de compra, aunque Colombia se asemeje a un ataúd infantil lleno de corazones desinflados, aunque las tazas no puedan ser aún colibríes, aunque no haya sino terror en las vocales y las consonantes de los parques, en los parques mismos y en las personas de los parques, aunque los girasoles en la Plaza de las Flores congelen amarillos en medio del triste paisaje gris con rostros temblorosos, aunque el conductor del bus urbano sonría sin entender que es un llanto lo que estalla en su boca mientras nos mira, y aunque un perro solitario con sólo ser él nos embriague amablemente la tarde cancerígena.

Y aquí, Erik, vos como Prometeo, desobedeciendo a los dioses de los gobiernos, entregándoles a los mortales el fuego de la poesía iluminadora para que de una puta vez existamos también para la historia.

Por eso entiendo este libro como un acto de desobediencia, como un acto de resistencia (hablando con Deleuze), y como una narración memorable contraria a las informaciones acomodadas y soportadas en el marketing y el cinismo de un periodismo publicitario, propagandístico, servil y mediocre.

Te digo esto mientras la atmósfera del país aún modela una oscuridad miedosa, mientras el presidente acá al lado brilla junto a su pobre trono de etiqueta en donde muy seguramente con sus secuaces a esta hora construye uno de sus tantos discursos miserables.

Este libro, por el que te agradezco personalmente por mí y por Samuel, es un grito vital como sólo pueden llegar a ser los que se basan en la muerte. Y Nydia Erika Bautista, por vos, non omnis moriar, volviendo a Horacio, es decir, no morirá del todo, y seguirá llenándonos de vida, toda la vida, para siempre. ¡Salud por los desobedientes!

John Jairo Rodríguez Saavedra